Dilogías sobre la trata y la prostitución – Por Esther Torrado

En la actualidad, y como enfatiza la jurista feminista Catharine Mackinnon, Asesora en cuestiones de Género en la Corte Penal Internacional, la sociedad se debate en dilogías justificativas sobre la prostitución, que responden más a posiciones ideológicas escasamente fundamentadas en la realidad social, que al conocimiento de esa realidad de la mayoría de mujeres y niñas en prostitución. Estas posiciones, representan el actual escenario discursivo bipolar de nuestra sociedad, articulado en un eje del bien y el mal o de lo bueno y malo o de lo aceptable o inaceptable en la comercialización sexual de los cuerpos de las mujeres y niñas, separando la Trata para la explotación sexual de la prostitución. Así, el tratamiento político y social de la primera es de rechazo y repulsa social, por su consideración de malo por obligar o forzar a mujeres y niñas a hacer sexo en contra de su voluntad, sin embargo en el tratamiento de la prostitución, aparece la aceptación, justificación y normalización, ya sea como mal menor o algo bueno que emana de una “supuesta” voluntariedad o libertad de elección de las propias mujeres prostituidas. Otra de las dilogías sociales, se halla en la cuestión de la prostitución de personas adultas versus la prostitución de menores, así de esta manera, se rechaza la prostitución de niñas, por considerarla perversa, amoral y mala para la convivencia social y se acepta la de personas adultas, llegándose incluso a considerar como servicio social, necesidad social o profesión, obviando que la mayoría de los reclutamientos se inician cuando las mujeres son niñas y que éstas son personas vulnerables que han sido objeto de todo tipo de violencias. Bajo estos paradigmas ideológicos y algunos más (que no voy a mencionar por el momento), se mueven los anclajes justificativos de los defensores de la regularización de la prostitución, en un intento de higienizar sus discursos e imagen, separándolo de la trata y donde el usuario o prostituidor (enmascarado de cliente) aparece invisibilizado, inocentado y exento de responsabilidad social, a pesar de conocerse que es su demanda la que atrae la oferta (exótica, variada, vulnerable) y en consecuencia el aumento de la trata y la prostitución. Y es que además, a estas alturas de la película ¿alguien cree que en el actual mundo globalizado, trata y prostitución funcionan en espacios interdependientes?, los/as profesionales e investigadores/as que nos dedicamos al estudio de las diversas formas de explotación sexual conocemos fehacientemente, que el fin de la trata es la prostitución, como la historia ha desvelado que el fin de la trata de personas negras africanas, era la esclavitud. También sabemos, que en la trata y la prostitución, lo determinante es el género y las relaciones de poder y dominio, pues la mayoría de las personas en prostitución son mujeres vulnerables y la mayoría de los prostituidores, hombres con cierta disponibilidad para comprar sexo por dinero (de distintas edades, clases sociales e ideologías). Por ello, no se trata de un simple debate con tintes de eternidad o de preferencias individuales de una minoría, sino que como defendió John Stuart Mills, primer hombre feminista confeso del siglo XIX, ante Thomas Carlyle justificador de la esclavitud por la tesis de la naturaleza diferencial entre negros y blancos, la prostitución en todas sus formas debe ser abolida, dado que no se puede sostener bajo los preceptos de la supuesta necesidad sexual irrefrenable, procedente de la naturaleza diferencial de los varones, máxime cuando en la actualidad conocemos que carece de fundamento científico. Se trata pues, de un asunto de derechos humanos de las humanas, donde los Estados deben ser sus garantes, promoviendo condiciones materiales, políticas y sociales para su desaparición, disuadiendo los nuevos reclutamientos y limitando el libre acceso de los hombres a los cuerpos de las mujeres, simple y llanamente porque la comercialización de los cuerpos de mujeres y niñas es violencia y es incompatible con la igualdad y la democracia. Carpe diem.

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